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¿Ciudades-refugio o refugio en las ciudades?

Las ciudades nacieron para refugiarse. Para defenderse de los arrebatos de la naturaleza, de los animales y de los “otros” humanos, de la furia de los dioses. Sus habitantes se agruparon y aprendieron a convivir, construyeron sociedad con sus contradicciones y conflictos y dieron lugar a poderes humanos. La gente de la ciudad se hicieron autónomos de los dioses y de la naturaleza. Los dioses, Biblia incluída, maldicieron a las ciudades y sus habitantes crearon mitos a partir de esta maldición, como la Torre de Babel o el diluvio universal. La Iglesia católica y diversas corrientes protestantes han abominado durante siglos contra las ciudades, donde la religiosidad se pierde, las normas represivas  se atenúan y la peligrosa libertad del individuo se expansiona.

El mito de la ciudad como ámbito de libertad

Nuestras ciudades, en Europa y en América nacieron y se desarrollaron como lugares de refugio pero también de exclusión, de libertad pero también de coacción, de una vida mejor pero también de miseria y explotación. “¿La ciudad nos hace libres?” No, no para todos, no con la misma intensidad. No hay libertad sin igualdad. En teoría en la ciudad somos libres e iguales pero lo son jurídicamente los que tienen el status de ciudadano (casi siempre vinculado a la nacionalidad) con plenos derechos. Pero incluso éstos, que son “libres e iguales”,  tienen el derecho a dormir en la calle o bajo un puente, aunque solo los pobres ejercen este derecho y los ricos no como escribió Anatole France. Pero los sin techo no tienen el derecho de ocupar una vivienda o un edificio vacío o abandonado. El derecho a la propiedad se impone sobre los otros derechos. Los poderes políticos y judiciales vinculados a los sectores sociales dominantes son celosos guardianes de la exclusión como una de las bases del “orden establecido”. Y por lo tanto procuran limitar y controlar a los que no acceden o han perdido los derechos que les proporciona la dignidad humana, ser libres e iguales. Los que llegan de fuera son siempre potencialmente peligrosos.

El resultado de estas contradicciones ha dado lugar que en las ciudades lleguen migrantes, primero de las regiones próximas y luego de otros países. Se incorporan al mercado de trabajo formal e informal, poseen documentos que les dan alguna protección pero no la que es propia de ciudadanos y otros no disponen ni papeles ni derechos. Se generan zonas de alegalidad, en algunos barrios, en las relaciones sociales y de trabajo, en su cultura. En los últimas décadas del siglo XX hasta ahora las migraciones se han globalizado y llegan a los países más desarrollados de Europa un flujo continuado de todo el mundo. Llegan a las ciudades como ejército de reserva de trabajo, viven precariamente, son objeto de comportamientos xenófobos y racistas, tardan años en ser reconocidos pero nunca del todo, ni socialmente ni jurídicamente.

A pesar de todas estas limitaciones las ciudades han sido espacios de acogida,  de recepción de poblaciones migrantes.  Hoy, en este verano de 2015,  Europa recibe centenares de miles de personas procedentes de Oriente Medio y Africa. Un  flujo impresionante que sorprende a gobiernos y a las poblaciones instaladas, se sienten sumergidos por esta marea.  Pero esta situación  no es muy diferente de otras  que se han sucedido Europa desde finales de la primera guerra mundial. Casi un millón de españoles al terminar la guerra civil. Centenares de miles, judíos y otros que huyeron de los progroms y del avance del nazismo. Los millones de desplazados por la segunda guerra. Las tres décadas gloriosas, hasta finales de los 70,  de los países europeos occidentales fueron también receptores de un flujo permanente de millones de trabajadores procedentes de los países mediterráneos y asiáticos y africanos coloniales o postcoloniales. Y luego, en el actual entorno económico globalizado y el cambio del modelo industrial al de los servicios, ha servido para utilizar una masa trabajadora procedente de grandes regiones del mundo más pobre, más peligroso o m´s desigual, para convertir el proletariado en precariado.

¿ Cúal es la conclusión de esta experiencia migratoria? Los países receptores han sido mucho más beneficiados que perjudicados por las inmigraciones que se han dado a lo largo del siglo XX y en la actualidad. Los centenares de miles  que llegan ahora a la Europa continental desde el otro lado del Mediterráneo son en su mayoría relativamente jóvenes, profesionales o trabajadores cualificados, gente con valor e iniciativa. Es la población que necesita le envejecida Europa. Ésta posee el capital, la tecnología y el acceso a los mercados. Solo les hace falta una población activa, que permitirá desarrollar la actividad industrial y los servicios y ampliará el mercado de consumo. Pero para ello no valen dejarles entrar y tratarlos luego durante años como carne de cañón, sin derechos y mal pagados, en barracones y en campamentos. No es así que serán productivos y consumidores. Su gesta de supervivientes, sus travesías por mar siempre a punto de naufragar, sus centenares de kilómetros a pie con sus hijos y todos sus escasos bienes, les ha sido reconocida por los ciudadanos europeos. Si los gobernantes  no tuvieran  argumentos de compasión y de justicia por lo menos deben  tener en cuenta el  interés  a medio plazo de su país y del continente. Y algo deben tener de mala conciencia. No olvidemos  que los gobiernos europeos han sido provocadores o cómplices de estas tragedias. Han armado las múltiples facciones políticas, militares o religiosas en función de sus intereses estratégicas y económicas, en Oriente Medio (apoyándose además con las monarquías esclavistas), en Afganistán y Pakistán, en Libia y en el África subsahariana. Algún día habrá que juzgar también a estos gobernantes, europeos y norteamericanos.

¿Cuál será el  status de los refugiados una vez llegados a Europa? ¿Refugiados? Lo son al llegar, como lo son los inmigrantes. Pero los inmigrantes cuando viven y trabajan en Europa no son inmigrantes aunque así se les denomina. Son residentes y les corresponde ser considerados ciudadanos. ¿Apátridas? Lo son cuando han debido abandonar su patria, pero al llegar para vivir en Europa deben equiparse a los ciudadanos europeos. Como tales con los mismos derechos y deberes que los nacionales del país en el que se instalen. Los refugiados no pueden ser discriminados, solo así se integraran y serán más útiles al país que les ha acogido. Ahora llegan a las ciudades-refugio. Pero no deben ser indefinidamente refugiados en la ciudad. Cúanto antes accedan a la ciudadanía europea, cuando sean reconocidos formalmente, serán más aceptados socialmente  y ellos estarán más dispuestos a ejercer de ciudadanos.

Autor: Jordi Borja Sebastia

Conferencista Internacional Invitado

Biocasa 2015